domingo, 18 de septiembre de 2016

Tama y ella

Algo cambió. Antes no había nada, bueno, no había nada construido. Era monte, a veces había un burro, otras alguna mula y el lugar estaba lleno de enebros, cañaverales y tunas tan grandes que sus hojas parecían montones de orejas de elefantes africanos unidas entre sí y al pararte delante te intimidaban. Su belleza se daba cuando florecían, para diciembre, enormes hojas  verdes coronadas de flores rojas y amarillas del tamaño de un puño.

Por debajo del lugar pasa el cauce de una vertiente. Hace añares la gente del pueblo hizo un pozo que usan para sacar agua para consumo. Por eso, siempre fue un lugar muy concurrido, si entendemos por muy concurrido que cada una o dos hora una persona llega con dos baldes para llenarlos e irse. Eso no ha cambiado, aún los pueblerinos sacan agua de ese pozo y hasta la piedra que lo protege e impide que se caiga un chico o un animal sigue siendo la misma, solo que quizás un poco redondeada en las puntas como consecuencia de la erosión ocasionada por el viento y el sol y cada tanto –solo en abril y octubre- la lluvia.


Ir a buscar agua siempre fue una aventura. A veces, dentro del balde también subía algún sapito de ojos amarillos, ni hablar cuando había que batirse a duelo por el territorio con algún halconcito gris, o ir despacito para no asustar a los zorros colorados que eran atraídos en épocas de sequía –la mayor parte del año- por el olor del agua, por suerte los pumas no llegaban hasta allí o por lo menos, nunca nadie mencionó ver alguno. Las huellas que dejan las víboras hacían que vayas mirando el piso, e instintivamente busques y tomes un palo para usar de bastón y para espantarlas si andan cerca, no vaya a ser que pises una sin querer y te muerda, siempre fueron huidizas pero mejor prevenir que curar si es que te dan tiempo.

El hospitalito – que de niño te podía parecer un complejo tecnológico de avanzada – es lo que uno puede asimilar a una salita de primeros auxilios o más precaria aún; nunca se caracterizó por la buena atención, ni por salvar muchas vidas –en aquellos lugares fuera de los partos cada vez más seguidos, lo más común es la picadura de la viudita o alguna cascabel y es difícil que se llegue a tiempo para salvarse- por eso la gente siempre se cuidó y fue al pozo de día, con la luz, porque cuando la luna sale, salen las bestias dicen las leyendas. Y si de leyendas se trata, hay muchas pero parece que en esos pueblos hacen pacto de silencio ante esas cosas, porque no quieren hablar porque no quieren ver porque no quieren saber y dejan que todo pase como pasan los días.

Todas las tardes, ella sale de su casa con sus más de ochenta años, ropa gastada y la vivacidad de una quinceañera empuñando una escoba cuya imagen es propia de los cuentos de hadas y brujas, de esas escobas fabricadas de ramas oscura y resistente, -no son chatas ni amarillas como las que compramos en el almacén-, sino que está hecha de ramitas de un enebro que crece al rayo del sol en toda la zona. La acompaña Carolo, un perrito que parece oveja, petizo y regordete, que no llega a ser caniche pero eso no le importa porque la lealtad no se mide por títulos y papeles.

Camina ligerito hasta donde antes estaba el monte, donde algo ha cambiado. Son solo unos cincuenta o quizás menos metros desde su casa. Un rancho de adobe y techo de paja - fresco en pleno verano y cálido en el crudo invierno-, ese lugar donde creció, donde dejó a su madre para ir a trabajar a la capital. Es sabido que en esos pueblitos perdidos en medio de una quebrada del Cuyo Argentino, difícil es para una mujer conseguir trabajo, solo le queda conseguir marido y ella nunca fue una de esas. La capital le dio trabajo y también una enfermedad en los huesos que la tuvo postrada algunos años, no le dio familia y en ese tiempo de reposo forzado la llamó su madre enferma y se dio cuenta que era momento de regresar. Llegó para cuidarla, hace unos 30 años, llegó desde Buenos Aires con ropa de moda, mil cremas para el rostro e infinidad de tratamientos para el cabello, llegó para quedarse.

Podría decirse que en este tiempo el pueblo va creciendo de a poco, a un paso lento muy lento. De a ratos parece que se queda paralizado en el tiempo, como cuando ves esa construcción –año tras año- que siempre está a punto de terminarse, la plaza con sus árboles eternos si hasta pareciera que son los mismos pájaros los que cantan, la soledad de las calles, el polvo, las piedras, la ausencia de perros que se ocultan del sol, el viento caliente en el rostro.

Luego comenzás a ver los detalles, las casas pintadas de distintos colores, alguna casa nueva, el barrio que hizo el gobierno para las jóvenes madres solteras; con asombro ves que el almacén de ramos generales cerró sus puertas y ahora está abandonado, lo sabes por los cristales rotos y hasta te da pena, porque allí quizás de chiquilín compraste un chupetín y te sentaste en los escalones a saborearlo mirando la plaza.

Notas que los cordones ahora son blancos, que ahora la iglesia está pintada de blanco y rosa una elección muy distinta y delicada del antiguo amarillo descascarado de hace unos años; pero los baldíos y terrenos siguen casi todos con los mismos escombros y ruinas que dejó el terremoto del 74 –el de San Juan-; otros que dados los ríos que pasan por debajo, no pueden ser usados para construcciones y juntan plantas bichos piedras y tierra roja; y los que la gente deja al morir y cuyos hijos se fueron para no volver.  Aunque hay uno, de unos 50 x 50 que ha cambiado. No lo compro nadie, no se hizo una casa sobre él.

Ahora es una plazoleta - al borde noroeste del pueblo justo donde termina el llano antes que el terreno rojo comience a elevarse, como yendo para la quebrada de los cóndores- en homenaje a la virgen del Valle. Es un pueblo muy creyente. De esos que cuando llegas y no encontrás a nadie, debes ir a la iglesia y allí están todos y al sonar de las campanas entran o salen cual rebaño de ovejas. Todos en hilera, saludando al cura, que ahora es joven y ves que el anterior que era gruñón y no permitía que la niñas usen soleros en la iglesia ya no está más –pensás que habrá muerto de viejo y no te importa porque nunca te cayó bien- y hasta te dan ganas de entrar para ver qué más pudo haber cambiado.

Ella también es muy devota y por eso cuenta que el municipio, ante su insistencia, - es de esas mujeres que saben insistir cuando quieren algo-  hizo la vereda y unos senderos, unos bancos y un nicho para la “virgencita”. No mucho más en razón de la vertiente que corre debajo. Pero con las veredas de laja rosada y las plantitas que ella sembró –semillas que trajo de Buenos Aires cuando volvió.- y que desde hace casi 25 años su floración es inevitable y hasta esperada, el lugar dejó de ser un monte repleto de arañas sapos y víboras para convertirse en “su” plaza, la plaza del barrio donde no ponen juegos porque tienen miedo de que se hundan con chicos y todo, pero donde los bancos sirven de atracción a los enamorados.

Todas las tardes, flaca, arrugada, quemada por el sol, con sus años a cuesta que tan bien los lleva, sale de su casa empuñando la escoba y barre la plaza, la riega a balde porque no hay motor para sacar agua del pozo, solo sobrevive la vieja polea que tiene la cuerda para bajar los baldes; saca las malas hierbas, acomoda las plantas. La cuida. Su salida vespertina no es común, difícilmente veamos a alguien haciendo lo mismo voluntariamente en algún otro lugar. Si le preguntás ¿Por qué? Ella responde con la naturalidad de un niño “Porque es nuestra”.

Martín

Ahí estaba, en esa vieja terminal del colectivo de veredas vainilla aporreadas por el tiempo, calzada gris ondulada y dos sauces custodios que nunca dejaron de llorar silenciosos, mientras yo, esperaba -a veces bastante tiempo- el transporte que durante años me llevó a mi casa al salir de la facultad.
Durante diez años, vi llegar colectivos llenos, cómo los pasajeros descendían cual hormigas y se dispersaban apurados para todos lados hasta dejar de nuevo la playa desolada. Luego escuchaba el suspiro de los vehículos y de la puerta trasera salían con su camisa azul con logo de la línea los choferes a tomarse sus cinco minutos de descanso. Siempre las mismas caras, algunos saludaban, otros solo miraban sin ver.
Siempre pensé que nadie conoce tanta gente en su vida como un colectivero. Un gremio mal visto, pero, no todos son como lo cuentan las malas lenguas. He conocido choféres que tienen buenos modales y sonríen a pesar del tráfico, el clima, la gente y su mal humor; dan los buenos días y hasta te hacen algún comentario agradable.
Antes viajaba mucho en transporte público y difícilmente podía ver gente que salude al chofer. La mayoría de la gente sube, indica destino o precio del boleto y ni por favor y mucho menos gracias dicen a quién tiene la tarea de llevarlos sanos y salvos hasta su casa, trabajo, club, escuela o donde sea que se dirijan. ¿Será que la indiferencia es consecuencia de los problemas? Tan compenetrados estamos a veces como para no decir “Hola” Será que los choféres a los que tildan de violentos son víctimas de la indiferencia? ¿Será que la indiferencia alimenta la violencia? Quizás no lo sepa nunca, yo saludaba al subir y al bajar y me trataban bien.
Volver a ver la plaza de enfrente, los coches pasar a toda velocidad por la Avenida Alcorta, me hizo sentir tan lejos de todo eso, y la sensación de que veía una película desde mi cómodo sillón en la sala de mi casa se apoderó de mí. Una película que conocía de memoria y que no creí que volvería a ver. Tampoco que volvería a pararme en ese lugar, y ahí estaba por esas cosas de la vida. Volví a observar las mismas imágenes de siempre.
Los carteles publicitarios que me sirvieron de protección del sol, de la lluvia, del viento y de la noche si se quiere porque al encenderse el sector parece volver a la vida con la luz blanca que emana, tan distinta a la lánguida y amarillenta de los postes de luz de la avenida; el cartel diminuto indicador de la línea que allí para y que resume el recorrido de dos horas desde ahí al conurbano en ocho palabras. Un viaje que en realidad es de veinte minutos, pero el recorrido se hace de dos horas como mínimo con suerte, sin tráfico y viento a favor. Si fuera tan sencillo como ocho palabras, no me habría costado dos años aprenderme el recorrido. Los resúmenes dejan tantas cosas en el camino.
Cuando el sol comenzó a bajar  y las luces ambarinas empezaron tomar vida -dándole  al lugar un resplandor dorado anaranjado - el colectivo pareció desinflarse al frenar delante de mí. Siempre tuve la sensación de que eran seres vivos y suspiraban, que a veces gruñían y otras tosían, como si tuvieran vida y alma.
La puerta con un rechinar metálico se abrió y me dejó ver la sonrisa de Martín que me esperaba en lo alto del asiento con gesto sorprendido. La respuesta fue automática, devolver la sonrisa sin pensar, sin darme cuenta, como siempre me pasó, como si fuera contagioso.
El saludo no se hizo esperar y el interrogatorio de como estoy, que hago ahí, fue seguido de un “que gusto verte” que desbordaba emoción al pronunciarlo y no disimulaba el brillo que da la humedad de los ojos cuando estas a punto de soltar una lágrima. Tuve el impulso de abrazarlo, pero no era apropiado el lugar ni la gente que esperaba tras de mí lo entenderían. Mejor así, si lo abrazaba me largaría a llorar. De esta manera, ambos sonreíamos.
Siempre sentí a Martín como un generador de sonrisas, como buen cordobés, lleva la alegría en los labios y la sonrisa en los ojos y en lo que más íntimamente me concierne siempre pensé que él me devolvió la alegría que la vida me había quitado hace muchos años. Cada vez que lo recuerdo me siento en deuda, aunque diga lo contrario, sé que le debo. Le debo mucho y ahí estaba parada frente a él y el mundo pareció desaparecer.
Parecía que el destino se había complotado para que nos encontremos, para charlar, para vernos, para estar en silencio, para sentirnos una vez más desde aquella remota época en la que partí para vivir alejada de la locura de la City y me alejé de Martin que me dio tanto. Esa era su última vuelta y luego yo, como antes y el corazón al galope, no sé si era el mío o el de él.
Me senté en el primer asiento, más que mirarlo lo contemplé, estaba más flaco, aún no tenía canas pero las entradas eran más notorias y su camisa, su camisa siempre azul estaba impecable como el primer día. En cada semáforo que frenaba, levantaba la vista, me descubría mirándolo por el espejo y me regalaba una sonrisa. Un beso. Sentí sonrojarme de a ratos. Sentí una revolución en el pecho, en el estómago. Me sentí joven otra vez. Me sentí viva como siempre cuando estaba con él.
El recorrido igual, las vidrieras, los edificios, los carteles luminosos, las plazas, y cada vez que pasábamos por algún lugar donde estuvimos el me hacía una seña y me transportaba a aquellos momentos, de charlas acurrucados en el auto o en el banco de una plaza, de una cerveza en el bar de Beiró, de partidos de pool con amigos,  de helados en la estación de servicios, de noches hablando bajito para que nadie se despierte o de largas horas en silencio sentados a la par mientras yo estudiaba y él hacía mate.
El tiempo pareció volar y cuando volví a la realidad, con unos sacudones en el semáforo de Gral. Paz, sonreí al recordar las veces que me despertaba cuando salía cansada de la facultad. Él sabía que yo me dormía y jugaba con el acelerador en ese lugar para que yo despierte y baje en la próxima. Como siempre, los sacudones me hacían abrir los ojos y lo que veía era su sonrisa, sus estrellas en los ojos. Bajaba con un gracias y me despedía con un hasta mañana.
Recordé los libros que llevaba conmigo el día que lo conocí, el día que reparé en él, o el reparó en mí. Era setiembre y éramos jóvenes. Se me había vencido el plazo para entregar tres ejemplares enormes de derecho de obligaciones y sociedades, eran tan grandes que parecía estar luchando con ellos y él, al ver que no había asientos para mí, me ofreció poner los libros en la parte de arriba del tablero. Dudé. Me tranquilizó. Dejé los libros, tan grandes como un símbolo de todo lo que cargaba en esos tiempos, eso que me pesaba, que me lastimaba y no me permitía sonreír. Ese día, en ese viaje, Martín, con sus gestos, palabras cuidadas –porque luego confesó que no sabía si yo me ofendería porque me hablara- con su sonrisa, me ofreció ayuda, y la acepté, pidió mi número telefónico y yo se lo dí.
Así conocí a Martín. Martín a secas, sin apellidos, sin dirección, con una historia que fue deshilvanando muy de a poco, sin principio ni final. Martín sin miedo, sin culpa ni vergüenzas, sin recelos ni desvelos, sin partido cuadro ni religión, solo Martín. Mi Martín, un amor efímero y a la vez perenne, de esperas y desencuentros, desenfrenado y paciente, un beso apasionado y a la vez platónico, un corazón al galope disfrutando cada bombeo, un desengaño esperado y manso, un amigo fiel, una sonrisa sincera, una realidad perdurable, un abrazo cálido, un tiempo conmigo y sueños compartidos, un adiós interminable, un recuerdo suave, un mundo. Martín sin tiempo, simple, sencilla y vorazmente Martín quien nunca me inspiró un poema de amor por ser una contradicción.
Como de costumbre jugando con el embrague causando sacudones, me trajo al mundo una vez más. Ya no había gente en el vehículo, estábamos solos, me paré y fui a su lado. Faltaba poco para bajar.

Ahí estaba, con sus dientes blanco inmaculado esbozando la mejor de sus sonrisas. Me preguntó que era de mi vida y no esperó respuesta, me reprocho que nunca lo acompañé a Córdoba, achinó los ojos y dijo “algún día”, bajé la vista, seguía ruborizándome cuando me miraba. En ese momento habría dado la vida por abrazarlo.  Al mirar mi mano notó el anillo, suspiró dolor. Levantó la vista puso primera y me volvió a sonreír. 

domingo, 4 de septiembre de 2016

Susto

¿Qué carajo estoy haciendo acá? Se reprochó y si bien no era la primera vez que se hacía esa pregunta, esta vez, la situación la alarmaba, la asustaba, estaba en jaque y se había metido ella sola en ese embrollo.
Sentada en el borde del fouton negro de un Depto de Villa Urquiza, aún tenía la empanada atragantada, no había podido pasarla, no porque estuvieran feas, sino porque estaba nerviosa. Cometió un error y no sabía como salir de eso.
Marcelo, Mariano, Martín, o como quiera que se llame era un tipo común al que le gustaba el tenis y estaba separado hacía dos años por lo cual que lo visite alguna chica no era extraño. Sin embargo esta vez con ésta en particular, se sentía nervioso.
Cuando terminaron de cenar y ya no había tema de conversación, levantó la mesa y se fue para la cocina y ella quedó sola en el living-comedor del diminuto departamento que le parecía a cada momento más pequeño y asfixiante.
Ella había determinado que no iría a la cama con ese hombre, no la atraía ni un poco, el problema era que estaba en su casa y que no lo conocía, en que cayó en la cuenta que no sabía quién era por haberlo contactado por internet. Ahora tenía que encontrar la manera para decir que no a una persona que no sabía cómo reaccionaría y comenzó a pensar en todas las posibilidades, al fin y al cabo, ella fue por su propia voluntad y vaya a saber que pensó este hombre. La lógica indica que piensa que ella va a acostarse con él, que para eso fue, pero la inocencia absurda de ella la hizo pensar erróneamente que los hombres entienden que no siempre que una mujer se encuentra con un hombre es para terminar en la cama. ¡Que ilusa! Se volvió a reprochar.
En la cocina con la puerta cerrada no se escuchaba ruido alguno, eso la tensionó aún más, no podía entender que ese hombre lave los platos sin hacer ni el más mínimo ruido. Mientras esperaba en el silencio de la habitación practicó mil veces decir “no” pero ninguno la convenció a ella, mucho menos convencería al hombre.
Sonó el teléfono, escuchó que el atendía en la otra habitación, lo escucho decir “Sí, ya está acá… dale… te mando un mensaje.” Su corazón se agitó, comenzó a transpirar casi a temblar, debía salir de ahí. Miró la puerta, no recordaba si estaba cerrada con llave.
Cuando él salió de la habitación se quedó parado en el umbral contemplándola. Sin decir palabra se acercó despacio haciendo rechinar el piso de pinotea y en el mismo momento en que se sentó junto a ella, invadiendo lo que consideraba su espacio personal. Un resorte pareció tocarla de repente y dijo que prefería irse porque estaba cansada.
Los ojos del hombre se clavaron en sus ojos con una expresión difícil de descifrar – no lo conocía-,  ella comenzó a imaginar una escena, comenzó a mirar que tenía a mano para agarrar de ser necesario, sintió que el cuerpo le temblaba compulsivamente y que comenzaba a faltarle el aire. 

El hombre se levantó despacio y le dijo, “bueno te acompaño a la parada del colectivo, es tarde para que andes sola por la calle. “

Reyna

I
Vamos que te voy a mostrar un camino muy tranquilo donde vamos los domingos a jugar con Iron, le dije a Karina ese sábado que vino de visita por mi cumple, tardío pero infaltable. No sé por qué pero era tarde y Ariel accedió para que conozca con la condición de que al otro día iríamos temprano a tomar unos mates cerca de aquella bella tranquera. Estuvimos cerca de una hora, Karina sacó muchas fotos porque a ella le llama mucho la atención todo lo que hay por acá, vacas, caballos, los cactus en la vera del camino, los crateus desplegando sus más bellos colores desde el amarillo al rojo furioso. Caminamos, jugamos a tirar la pelota con Iron y decidimos mostrarle más del camino, así fue que en lugar de volver por donde vinimos cuando el sol ya comenzaba a querer ocultarse, seguimos rumbeando para donde las vacas te miran desconfiadas, donde los aguiluchos no se mueven del camino diciéndote que son los dueños de aquellas tierras, un camino que a medida que se acerca a la civilización se ve regado de autos viejos y quemados, donde cualquiera puede desaparecer y donde nadie te buscaría, un camino mágico tranquilo y triste a la vez.
II
Hace unos días había llovido y entre Karina que sacaba fotos y la huella onda, íbamos con cuidado, despacio, a la velocidad justa para ver una bola marrón en medio de unas chapas. Hay un perrito ahí, le dije a Ariel, sobresaltada, frenó e hizo marcha atrás y ahí estaba, acurrucado, temblando, no sabíamos si estaba muerto, porque ante nuestra presencia no se movía. Hasta que abrió los ojitos, como pudo nos miró tristemente y los volvió a cerrar.   No lo podemos dejar así, dije. Ariel respondió que no lo podíamos llevar, sin decir más que “pero gorda” … y yo entendí que andábamos con Iron, que estaba medio muerto y tenía razón. Mejor vamos a casa, dejamos al perro y le traemos comida y agua.
III
Los  quince kilómetros hasta casa, se hicieron eternos, ni hablar cuando volvíamos, parecía que iba a trabajar, una ruta interminable, lenta,  lánguida y gris, donde el sol que parecía empeñado en olvidarnos. Llegamos y había una pareja mirando, nos dijeron que era una perra. Ariel se acercó y le gruñó, estaba herida, temblaba, tenía miedo y se había dado por vencida. Le habían puesto comida pero no comía, agua pero no bebía. Es hermosa pensé y sentí como las lágrimas querían salir, pero no las dejé. Va a llover, hay que sacarla de acá dije. El hombre que estaba con la mujer dijo que no podían  llevarla porque vivían en un departamento pero que le sacaron fotos y compartieron en Facebook  a ver si alguien la buscaba. ¿Cuánto tiempo puede durar si sigue en este lugar? pregunté al aire. Nadie dijo nada, nos retiramos, con un nudo en la garganta.
IV
Mientras volvíamos empapados de un silencio donde solo se escuchaba el golpeteo de las cubiertas en la ruta y el sol se ocultaba vencedor, Ariel dijo que era una lástima que los bomberos no pudieran hacer nada, retruque diciendo, a la vecina la ayudaron cuando los perritos quedaron atrapados en el desagüe. Vamos al veterinario a ver si nos ayuda dijo. Llegamos a la veterinaria y nos dijeron que no podían cuando les dijimos que era un pitbull, que la responsabilidad, que era muy peligroso y varias excusas, entendibles tal vez, pero que no nos convencieron. Insistimos y nos prestaron un bozal. No bajamos los brazos y Ariel rumbeó a los bomberos, les contamos  y si bien al principio dijeron que no, luego de unas llamadas y tomarnos los datos, nos dijeron, la vamos a rescatar.
V
Un haz de esperanza brilló en los ojos de nosotros tres. No podíamos llevarla derecho a la casa, sabíamos que necesitaba tratamiento, nos dirigimos a la veterinaria más Chick del pueblo, la que está frente a la estación, la del centro diminuto de ese pueblo donde nunca pasa nada. Cuando llego nuestro turno, le contamos la situación a la chica que atendía y nos dio vuelta la cara, Atendemos hasta las siete dijo. Ya son las siete, te preguntamos si hacen urgencias. Atendemos hasta las siete repitió y se puso a hacer que contaba plata y miraba para otro lado. Nos fuimos, enojados, indignados, con el corazón a caballo y volvimos al otro que habíamos ido al principio, Ariel tardó en convencerlo y dijo que nos esperaban hasta las ocho. Salimos como un huracán  a buscar a los bomberos que nos esperaban con la camioneta en marcha y las luces rojas prendidas.
VI
Llegamos al lugar. Era ya de noche, las luces de las balizas nuestras, y las de la unidad de rescate le daban al lugar una tonalidad alarmante y angustioso.  Bajaron del vehículo un canil y un palo con un lazo que iban a estrenar, se aproximaron, la iluminaron y ella solo gruñó sin fuerzas. El jefe le comenzó a hablar con un amor que me dobló el alma, que me hizo sentir que si aún hay un amor así por la vida, no todo está perdido. Indicaciones de por medio, pudieron enlazarla, pero no se levantaba, la perra estaba rendida y otra vez, el Jefe, le dijo vamos reina, vamos que vos podes, bien bebé vamos a casa.   Le pusieron el bozal, aunque la perra no atinó a morder ni gruñir, de inmediato llegamos a la veterinaria, la vuelta se hizo más rápida, porque nos guiaba la esperanza.
VII
Pasados unos minutos de atención nos dieron el diagnóstico, estaba descompensada, desnutrida y tenía un balazo de perdigones en la pata derecha con una infección, perdería su patita, estaba destrozada. Ella estaba entregada, se dejó curar, se la banco como una reina, debía pasar la noche, comer y tomar agua. Si cicatriza la herida igual le será inútil, lo más probable, dijo el veterinario, es que tengamos que amputar, le sacaron muchos perdigones y varios huesos rotos. Y sus ojos, sus ojos a pesar de todo, del miedo y del dolor, nos daban amor.
VIII

La llevamos a casa, la ubicamos en el galpón, le pusimos una camita, agua y un poco de comida, dejamos la luz prendida, una luz tenue para que no tenga miedo. Al otro día me levanté temprano y fui a verla, había hecho pis cerca de la puerta, la comida no estaba por lo cual le di más y comió desesperada. Limpie y la dejé tranquila, pasó el día en paz, Ariel la curó y ella le beso la mano, vamos a verla y le hablamos y nos mira con un amor que duele, duele porque ella sufre y aún  así sigue dando amor.


A una semana de ser rescatada, el amor, la atención y la constancia hacen que Reyna se recupere. 



Dos semanas y contando... entendiendo por fin que no hay medicina más eficaz que el amor


y ha vuelto a sonreir a pesar de todo...

Ya tiene su chapita ...



31 de diciembre a casi 4 meses , Reyna se ha recuperado y demuestra su agradecimiento con el amor que nos da cada dìa.



jueves, 24 de marzo de 2016

El sapito de ojos amarillos

En aquellos veranos de mi infancia, la siesta era la hora del silencio, la hora del diablo –decía mi abuela- para que no vaya a jugar al rayo del sol. Lo mismo decía mi mamá acá en Buenos Aires para que yo no me trepara en la higuera pero con muchos menos resultados que mi abuela. Ella inspiraba respeto y su palabra aunque cariñosa, era una orden a cumplir a rajatabla. Era tentador salir a jugar en el campo, pero me acostumbré a jugar callada y tranquila bajo la protección de la galería increíblemente fresca con sus paredes de barro y techo de paja. La consigna era no despertar a nadie. La siesta era sagrada en ese pueblito que descansaba en medio de una quebrada precordillerana de la Provincia de La Rioja.
La vida allá era sencilla, y sigue siéndolo aunque pasen los años. Por la mañana, como todas las mañanas, había que traer agua del pozo. Era la travesía matutina, una aventura que no renegaba en emprender. No era lejos y resultaba entretenido. Encontrábamos huellas de serpientes, alguna cabra perdida, pero sobre todo, algún vecino con quien charlar un rato. Las charlas no eran intelectuales, era más bien un “¿Cómo está usted? Ó ¿Cómo está su mamá que hace mucho no viene por estos pagos?”. Todos parecían conocerme, todos me trataban de usted aunque fuera una niña y yo no conocía a nadie. Me contaban que ellos habían ido a la escuela con mi mamá, como montaban en burro dos horas para llegar todos los días y yo no podía imaginármela de pequeña y guardapolvo blanco y montada en burro. Así es, que solo sonreía y respondía que mi mamá se encontraba bien. Siempre hay que ser educada decía mi abuela, usted salude y responda lo que le preguntan. Si le preguntan por alguien de las gracias, porque si preguntan es que les importamos. No solo su vida era sencilla, también sus pensamientos, era tan básica que creía que las preguntas eran porque la gente se interesaba en nuestro bienestar y no por chismosos.
Aquel verano, no había niños de mi edad, la hija de la Chacha apenas comenzaba a caminar y el Javier ya había vuelto del servicio militar. Eran demasiado pequeños o demasiado crecidos como para jugar conmigo, que ya había cumplido en agosto los once años y aunque había comenzado a desarrollarme seguía jugando con muñecas, pero todas habían quedado en Buenos Aires.  Mi abuela decía que yo era chica para cuidar a los más pequeños y que Javier ya estaba “ancho” para jugar conmigo, pero a veces íbamos a los cerros a caminar con mi tía. Estaba yo en una edad intermedia donde no se es chica ni grande. La edad en que sos chica para caminar y jugar sola en el monte, pero grande para ayudar con las tareas de la casa; chica para hablar en la mesa sin pedir permiso, pero grande para ir a buscar agua al pozo, aunque el balde pese y tengas que hacer varias paradas.
En fin, lo del agua no me molestaba, lo consideraba una aventura. Corría a buscar el balde y salía disparada por la puerta… al llegar a la tranquera frenaba de golpe levantando una nube de polvo. Desde ahí disfrutaba el camino mirando el cielo, las tunas y los enebros, los burros y las cabras. Una sonrisa de satisfacción se dibujaba en mi cara al sentir la tierra roja bajo mis pies, el aire inflar mis pulmones con ese aroma particular que tiene el campo, la naturaleza, lo lejano lo querido. Buscar agua acompañada era un trámite de veinte minutos; sin embargo ir sola, me demandaba una hora o más pues había tantas cosas con las cuales me maravillaba a diario.
La yegua de doña Cata a punto de parir con su enorme barriga que parecía un globo plateado. Los cabritos del viejo Saenz ya comenzaban a seguirme si me veían pasar y el burro de don Anselmo ya no me tenía miedo cuando me acercaba. Las plantas y hasta los insectos me llamaban la atención, me gustaba espiar los cascarudos dentro de las paredes de barro del rancho de doña Nely, y si las gallinas de algún vecino tenían pollitos admirarlos me demandaba varios minutos, nunca logré que los de Doña Nely se me suban a la cabeza como los de mi abuela. Cuando recordaba que tenía que ir a buscar agua salía nuevamente corriendo y llegaba al pozo agitada, pero con chispas de felicidad en los ojos. Buscar agua y darle de comer a las gallinas, eran las tareas que más me gustaba hacer cuando visitaba a mi abuela.
Ya en el pozo, tiré el balde como de costumbre, dejé que se llene hasta la mitad para que me sea más fácil sacarlo. Así guardaba fuerzas para acarrearlo lleno hasta la casa. Al tomarlo para volcar el contenido en el balde que yo llevaba, vi que diminuto se movía en el agua un sapito de ojos amarillos. No era renacuajo, era adulto, y lo que me llamó la atención fueron sus ojos, con los que me miraba asustado. Incliné el balde para devolverlo al pozo, pero nadó y se agarró del borde y se quedó conmigo. Un amigo que me haga compañía pensé. Terminé la tarea y me encaminé para la casa.
En el trayecto no me distraje con nada, mi pensamiento era que el sapito siga en el balde. Le conté que era bueno conocerlo, porque no tenía amigos en el pueblo. Lo bauticé como Santiago, en honor a mi tío, que nunca conocí porque desapareció  hacía unos años y desde el 77 no supimos más de él.
La vuelta fue sin escalas, quería llegar y presentarle a mi abuela. Ella, con una sonrisa, me dijo que lo coloque en otro cuenco cerca de la casa porque las gallinas andaban cerca. Fue así que me entretuve toda la mañana y ya planeaba mi vuelta a Buenos Aires con Santiago, hasta pensé en buscar otro para que mi hermana no se ponga celosa. Es que en casa, cada una tenía un gato, ella tenía a Lucho y yo a Chelo y llevar a Santiago desequilibraría las cosas.
Almorzamos y llegó la hora de la siesta, mi abuela se metió en su habitación y yo me metí a jugar en un fuentón de lata para refrescarme. A mi lado, nadaba Santiago en el cuenco que yo llevaba y traía para todos lados.
Al promediar la siesta, el agua y el silencio  me arrullaron y me quedé dormida, siempre tuve facilidad para dormir en cualquier lado y esa no sería la excepción. Cuando desperté, ya el sol había empezado su descenso y mi abuela me anunció que la maicena estaba lista. Allá la merienda era con maicena y con pan recién hecho y quesillo de cabra, y ella tomaba mate con burrito. Tomé y comí y cuando terminé me fui saltando a ver a Santiago para seguir jugando.
El cuenco estaba vacío. Miré el fuenton esperando que hubiera saltado y gozara de un lugar más amplio para nadar, pero no estaba. Comencé a buscar y a llamarlo, como si fuera un perro que va a venir porque lo llamo. Llamé a mi abuela para ver si ella lo había visto, claramente no era algo en lo que ella estuviera pendiente. Javier entró por la puerta y lo interrogué si no había visto a Santiago, mi sapito de ojitos amarillos y el soltó sin querer sin pensar sin saber una carcajada  y una sentencia “se lo habrá comido una gallina” El sapo no estaba, y mis ojos se clavaron en una gallina que estaba picoteando el piso ni cerca ni lejos de la galería. El ave levantó la vista y me miró como si le hubieran dolido las miradas que le eché, me miró con esas miradas que tienen las gallinas, miradas vacías y lejanas, pero comenzó a caminar despacio, levantando una pata y manteniéndola en el aire unos segundos, bajándola y haciendo lo mismo con la otra pata, pasos espaciados, lentos, lánguidos, infractores. Con paso –que yo entendí- culpable fue alejándose de la galería. “Fuiste vos!”  grité y comencé a correr en su dirección. Las gallinas son animalitos muy escurridizos, muy difíciles de atrapar. Si no me creen, pregúntenle a Rocky Balboa como tuvo que entrenar para atrapar una. Esta gallina pelirroja no era la excepción y si bien parecía estar fuera de forma porque era gorda, lo cierto es que saltaba y corría como alma que lleva el diablo y yo atrás.
Corrió para el fondo del terreno, donde están todavía los cañaverales a la izquierda y se metió en el gallinero que enorme se levantaba a mi derecha. La mayoría de las gallinas ya se habían dispuesto ir a dormir. Hice un paneo del lugar y encontré una caña fina tirada. Revoleándola entré, volaron plumas se escuchaba el cacareo desesperado de las demás gallinas que la ligaban gracias a su compañera, y yo solo decía “Te comiste a Santiago, te comiste a Santiago!” y las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos hasta empañarlos por completo.
En un momento sentí como la caña se trabó en algo por sobre mi cabeza. Era Javier que la sostenía frenando el golpe que casi le doy a mi abuela que quería abrazarme para calmarme. “Mija, la gallina no tiene la culpa, es su naturaleza, perdónela, no las castigues por ser lo que es.” Sus palabras fueron como un balde de agua fría ante la sangre que me hervía por la bataola.
Salí del gallinero refregándome los ojos en medio de una lluvia de plumas, entre mocos y suspiros, repitiendo quebradamente “Se comió a Santiago” repetí casi inaudible. “Mijita, quizás Santiago se fue porque extrañaba a su familia” y continuó limpiándome la cara, “A veces quienes nos importan se van, porque quieren o porque deben y hay que saber aceptar esa partida”
¿Qué podía decirle? Ella tenía razón, yo no vi a la gallina comerse al sapito de ojos amarillos, supuse solamente, pero mi abuela estaba en lo cierto, podría haberse ido, mientras yo recapacitaba, sentada en una silla, ella me dijo “Mijita, venga, le voy a arreglar las simpas” y comenzó a tejerme el pelo con sus manos arrugadas, yo seguía moqueando y ella siguió hablando. “En la vida, mijita, vas a encontrar muchos Santiagos. A veces se irán porque quieran, otras porque deban, o solamente porque es su hora. Es así como debe ser, aunque a veces no nos guste. Por eso, mijita, - al tiempo que sentía sus dedos como caricias - cada vez que tengas la oportunidad de estar con alguien disfruta cada momento para que luego no “haiga” arrepentimientos ni lágrimas“

Años más tarde, ella enfermó y falleció, fue ahí que entendí las pocas palabras que le salieron aquel día de verano. Era una persona de pocas palabras y casi ningún estudio, como pudo me enseño cosas para toda la vida.
Que el perdón se da aunque duela.
Que la gente es como es y no hay derecho a castigarla por eso.
Que en la vida las personas llegan y se van, que hay que aceptarlo como parte de la vida misma.
Que hay que disfrutar el momento con cada persona que se presenta en nuestras vidas.



In memorian: Sra Severa Moreno Vda de Ruiz. Siempre en mi corazón – RGL 2010

La novia

Mi novio estaba para comérselo, un bombón de 25 años con traje negro, parecía un muñequito de torta. Le saqué fotos para el face, el insiste en esa boludez, pero bueno es pendejo y lo dejo. Era el testigo en el civil de su amigo –un tipo grande muy querido en el pueblo- tenía que ir presentable. Nunca lo vi así vestido, siempre de jean o pantalón de gimnasia, siempre tan pueblerino, tan rústico. Pero ese traje le quedaba tan bien que me sentí orgullosa de él. Tanto como cuando comenzó a trabajar luego de 9 años. Comencé a penar en salir con la escopeta, mi chuchi está para dejarlo en la mesita de luz y no compartirlo con nadie.
La noche estaba espectacular, cielo estrellado, clima óptimo de principios de noviembre, ni frío ni calor, parecía que hasta el día le rendía homenaje a la pareja de recién casados. Llegamos a la reunión como a las 2 de la mañana luego del trabajo. Desde la calle se veían las luces que bailaban en el lugar, la entrada nos recibió con adornos en violeta y dorado, y un pasillo custodiado por florecidos rosales. Se mezclaba el perfume de las rosas con el de la alegría. Se respiraba fiesta. Llegamos para los tragos, los dulces, el baile, aunque a mí mucho no me gusta bailar.
Yo estaba contenta, porque después de 9 años era la oportunidad de ir a un evento social juntos, nunca salíamos con amigos, nunca nos vieron como pareja. Pero esta vez, iba a poder lucirme con mi bomboncito, porque el amigo me vino a invitar personalmente.
Cuando llegamos sonaban los Redondos, a mi chuchi se le iluminó la mirada. El clima era cálido y los hombres estaban en la barra al grito de “tequila tequila tequila” con el novio. La novia, en otro sector, detrás de la barra, servía bebidas a unos chicos que le hablaban y le decían “suegra”. Ella sonreía, todos sonreían. Cuando nos vió salió como un rayo a recibirnos y nos agradeció con un abrazo que hayamos podido ir. Eso me sorprendió porque casi no la conozco y por otro lado, los abrazos me incomodan. De todas maneras parecía sincera.
Nos invitó champagne, torta, tortitas, tartas, helado, se disculpó que el asado ya estaba frío. Acepté el champagne y no pude despreciar esa torta que tan bien se veía. Comí dos porciones. Charlamos un rato, de donde era la torta, de trabajo, le conté que me compre una camioneta y que me voy de vacaciones con mí chuchi. Me contó que ellos querían mucho a mi novio y que fue la primera persona que ella conoció cuando llegó al pueblo, el testigo para ellos era importante y por eso lo eligieron. Me dijo algo de un hijo, pero no me interesaba lo que me decía en realidad. Le hablé del restaurante y de mis proyectos. La conversación no me impidió notar su vestimenta. Me llamó la atención que no llevaba vestido de novia, era un atuendo sencillo para una novia y escotado, demasiado a mi modo de ver.
Al margen de la ropa provocativa parecía desbordar alegría, era lógico, se había casado y ya tenía más de cuarenta calculé que tendría mi edad y pensé que yo no me vestiría así, aunque yo no tenga esas tetas.
Al novio nunca lo había visto de traje, y lo conozco hace muchos años, más de veinte, a veces no puedo recordar que tan bien lo conozco, no sé si fue alguno de los que luego de una borrachera apareció en mi cama al día siguiente. Me convenzo que no, porque tiene mi edad y mi target es otro, para vieja estoy yo, prefiero los pendejos como mí chuchi.
Se notaba que la novia estaba feliz, quizás borracha, la mayoría lo estaba. Pero, ¿Era necesario tanto escote? No se le veía nada, pero atraía miradas. Las de mi novio incluidas, el muy boludón nunca pudo evitar mirar un par de tetas ¿lo habrán amamantado de chico?
Cuando el disc jockey puso Rodrigo el marido la arrastró a la pista y se pusieron a bailar. Ella parecía un pez en el agua, al contrario de él que solo saltaba y parecía que estaba haciendo pogo, pero en esos momentos ella bailaba y lo miraba como si fuera el mejor bailarín del mundo. Él también la mira con los ojos brillosos, la debe querer mucho, aunque muestre las tetas.
Después el amigo grandote se la sacó de las manos y bailaron y rieron, parecía un gigante a su lado, ella tan petiza al lado de esa montaña tonta, parecían la luna dando vueltas alrededor de la tierra, un colibrí delante de un enorme manojo de Hortensias. Así todos los amigos del novio se fueron turnando-porque ella no tiene amigos acá en el pueblo, es nueva, no puede tener amigos, ¿Yo hace cuarenta años que vivo acá y no tengo amigos, como podría tenerlos ella?- para bailar y le decían “Tía, que bueno que te guste bailar”, ”Dale tía, bailá conmigo”, hasta mi novio dijo “Tía bailemos”. Mi novio, le miró las tetas y la invitó a bailar.
El muy boludo no podía disimular. Parecía que iba a meter la cara en el escote, se le salían los ojos, parecía que se zambulliría, ¿yo sola veía eso? Todo el mundo reía, bailaba, abucheaban a mi novio “larga a la novia” “dejá que otros bailen” y ella reía. Seguro estaba borracha porque mostraba las tetas.
Sonó Gilda con No me arrepiento de este amor, mi novio la agarró de la cintura y se pusieron a bailar como si fueran pareja hace años. Una coordinación perfecta. ¡La agarró de la cintura! Eso no me gustó porque esos bailes son muy significativos y ¿si se entienden en la pista, será que se entienden en la cama? Mi cabeza parecía que iba a estallar.
Llegó el carnaval carioca y se armó un trencito y la muy turra vino a buscarme para bailar, yo la hubiera cagado a trompadas y al boludo de mi novio me lo hubiera llevado a patadas en el orto para casa, lo hubieran visto, colgado de su cintura con ese trencito de mierda como si no tuviera mujer a la que tocar.
Cuando se despejó el quilombo del trencito, novio y novia quedaron en medio de la pista, ella seguía sonriendo, charlando. Ya había pasado por las ojotas, y ahora estaba descalza, como las otras chicas, todas tiraron los zapatos a un costado para bailar. Idiotas, hubieran venido con zapato bajo y cómodo como yo y no harían el ridículo. Descalza y mostrando las tetas. ¡Patética!
La mina parecía tener energía para tirar para arriba, venía hasta la barra, preguntaba si necesitaba algo, y me ofrecía Champagne, cerveza, vino, daikiri, torta, parecía un torbellino de acá para allá atendiendo a la gente que no bailaba, y ella misma no dejaba de bailar y sonreír, ¿podes estar tan contenta?
Y mi novio atrás de ella, se la saca al novio -¿otra vez?-, y siguen bailando, cuando termina el tema vienen donde estoy y la muy turra me dice “menos mal que hace mucho que no baila tu marido” y se sirve más champagne. “¿A vos no te gusta bailar?”, pregunta como si nada, agitada, mostrando las tetas.
¿Será idiota o estará borracha? Le digo que se quiere coger a mi novio y se caga de risa. ¡Se me caga de risa en la cara! No, es idiota, no cabe duda. O muy turra. Y ahí que viene de nuevo este boludo y se la lleva a bailar otra vez, y ella no le dice que no, no le dice que no ¡no le dice que no!
Agarré de prepo al marido, que pasaba por mi lado y lo saqué a bailar, para que sepa lo que se siente. Salta, no sabe bailar, pero se ríe, yo no reiría tanto, si supiera con la arpía que se casó. Y la guacha ni se mosquea. Sigue sonriendo, le tira un besito al marido y me sonríe, sigue feliz bailando con mi novio. ¡Es una yegua! ¡No le importa el marido! Viene uno y se la saca a mi novio. ¡Por fin!. Alguien con sesos, dicen que ese chico se separó hace poco, que se coja a ese que está solo, al mío me lo cojo yo nomás.
El novio ya no quiere bailar más, está agotado, me lleva a la barra y me sirve más Champagne, tomo la copa de un trago, fondo blanco, está buenísimo refrescante, y del bueno. Tenía razón mi novio cuando dijo que ella era medio fifí, tiene una onda medio rara, zapatos de diva, joyas que no son de fantasía, las uñas trabajadas – se ve que nunca lavó un plato-. Yo creo que se hace la fifí nomás, porque mostrando las tetas y en pedo lo fifí lo dejó dentro de la botella de champagne.
Al darme vuelta hacia la barra para dejar la copa vi en el espejo la peor imagen que hubiera imaginado jamás, la turra abrazada a mi novio. ¡Él la tieía de la cintura! ¿Qué hacen? Giré de golpe para ver bien, para comprobar con mis propios ojos sin espejos de por medio lo que sucedía. Y lo confirmé. ¿Era necesario abrazarlo para la foto? Mi indignación ya no entraba en mí, cuando estoy por encarar la situación se me acerca una chica con un vaso de contenido rojo y me pregunta si quiero, no sé qué es pero me lo tomo. Mirando a los novios y a mi novio que estaba con ellos dice: “La tía y el tío están re felices, se lo merecen” y la miro, levantando una ceja le respondo a la muy boluda, “Esta en pedo y está abrazando a mi novio” y se caga de risa, me hace un ademán negando con la mano y asegura “Los tíos quieren a tu novio como a un hijo”. Le muestro, le indico, la hago reaccionar de que la novia muestra las tetas tuvo y me doy cuenta que esta chica debe ser su amiga porque no tiene mejor idea que reírse y confesarme que las otras chicas están “envidiosas porque parece piel de bebé”, me confía como si nos conociéramos hace años un “quien pudiera tener esas tetas!”.
La miré y quise analizar la conversación. Pensé que me estaba jodiendo, que todo era una joda, luego me debatí en la idea de que estaban todos ciegos en ese lugar. ¿Las minas son todas tontas? ¿Ninguna cuida a su pareja? Empecé a pensar que me trajeron para reírse de mí. Tenía la sensación de persecución como cuando me fumo un porro y me parece que todo el mundo me mira. ¡Que fiesta de mierda!
Parada en la barra y con una botella de Champagne en la mano, me imaginé las cosas que pasarían cuando mi novio iba a cenar a la casa de esa mujer que mostraba las tetas, cuando ya echaba fuego por los ojos y los celos me dominaron no me importó nada más. La música seguía sonando pero yo no la escuchaba, la gente bailando, tomando, algunos comían torta, otros le entraron a los restos de asado y y yo no la veía, tenía el estómago hecho un nudo.
Hasta que el disck jockey no tiene mejor idea que poner la canción de los piratas para rematarla y la gente comenzó a saltar, gritar y bailar;  y de nuevo el boludo de mi novio corrió; si, corrió a sacar a bailar a la novia que sigue sin decirle que no. Como la cagaría a trompadas. ¡Se quiere coger a mi novio!
Vuelta va y vuelta viene, él se hace el dandy con el pucho en la boca y ella sonríe mientras la hace girar y girar, él no puede dejar de mirarle las tetas, le dice algo al oído, ella sonríe. Eso fue demasiado, la gota que colmó el vaso, no me lo banqué más, yo ahí parada mirando como esa mina coqueteaba con mi novio y todos mirando y riendo. ¿Que soy? ¿La hija de la pavota?, todos se divierten menos yo.
Me adelanté con el puño derecho cerrado dispuesta a darle lo que se merecía. Ella giró y sentí su pelo rojo rozarme la cara, metiéndose en mi boca, tapándome los ojos. Perdí el equilibro y comencé a caer. Me quise resistir sin sentido al desplome lento, lastimoso, arrastrado, una descenso de esos que te desgarran la ropa con el piso de cemento alisado, de las que arden en las manos, esas que son eternas como en cámara lenta para que sientas bien la desesperación de no poder asirte a nada y seguir cayendo hasta dar con un piso frío, seco, áspero y duro.

Al levantar la vista, la vi, la odié y un grito lastimero de palabras que arañaban salió de mi garganta. ¡Boluda! Vos y tus tetas. Ñam Fri Frufi Fali Fru comenzó a sonar y ahogó mis lamentos, mis celos y mi dignidad. Todo quedó sepultado bajo las pisadas de todos los que siguieron bailando como si nada hubiera pasado.

martes, 20 de octubre de 2015

Ni Idea



Nunca aprendí a bailar breakdance. En el furor de “Thriller” de Michael Jackson yo andaba en puntitas de pie con zapatillas de punta, malla negra, pollerín de raso rosa interpretando el lago de los cisnes, no era una nena tampoco una mujer, eran los años 80, y no sabía nada.
Vivía como en un limbo de conocimiento que sabía y no sabía, consciente o inconsciente, y no me daba cuenta de las cosas aunque las tuviera delante. No sabía de novios, ni del amor ni del no amor, no sabía de celos y menos aún de sexualidad, aunque el vecino de al lado, siempre que jugábamos a las escondidas, corría a refugiarse conmigo y aprovechaba para poder estar más cerca, para tocarme el hombro rozarme las manos mirarme de cerca abrazarme si tenía oportunidad y yo que le decía que se corra y no moleste, que hacía calor para estar muy juntos. No sabía que él ya no me veía como la nena de al lado que aún juntaba las figuritas de Sara Kay.  Y si bien había conocido a temprana edad un beso en la boca, porque el hijo del primo segundo de mi padrastro, me dio uno al estilo novela mexicana de Verónica Castro, no sabía para que servía la lengua y arrugando la cara dije ¡que asco!. Sentirla hurgando buscando ¿Qué?. Harisca lo aparté de un empujón, sin saber que ese nene rubio con corte a lo Carlitos Balá y ojos verdes sería -cuando creciéramos- mi pareja por muchos años.
Efectivamente no sabía nada  y tal es así que cuando en la escuela nos daban charlas sobre menstruación y reproducción volvía a casa jugando y reboleando la bolsita en la que repartían toallitas. Era un estuche azul con el logo Jhonson&Jhonson tamaño cartuchera que –según mi mamá- no se podía mostrar pero como yo eso no lo sabía tuvo que decirme que no juegue así en la calle, que es algo “íntimo” que nadie debía saber. No sabía que algo que se sabía no se debía saber. De aquella cuestión de la reproducción que había estudiado para la escuela no sabía nada, para mí la película estaba cortada y no me terminaba de convencer. Lo bueno era que yo no sabía, pero no era solo yo, éramos varias las que no sabíamos. Todas teníamos la misma incógnita existencial que derivaba en cómo nos hicieron nuestros padres. Pero no el cuento de la cigüeña ni del repollo ni de la semillita ni el de que mama y papa se quieren mucho y cuando se besan pasan cosas, a mí me besaron a los 7 años y no tenía un hijo, eso era más que prueba suficiente para entender que había algo más y ese algo debíamos averiguarlo ya que sabiendo esto anularíamos toda eventual excusa para que nos traten como niñitas pequeñas que no saben nada  quienes se cuidan para hablar o hablan y dicen cosas y se ríen por lo bajo y nosotras quedamos mirando sin entender porque se ríen y al final nos enojamos porque nadie nos explica la neda. Si la neda, no la gracia ni el chiste ni el chascarrillo, la neda, si había algo que sabíamos era encontrar palabras poco usadas para decir cosas sencillas de manera más sofisticada, o por lo menos así lo veíamos nosotras y nos resultaba gracioso cuando la gente se quedaba mirándonos porque eran ellos los que no sabían.
La barra completa de chicas nos juntábamos a charlar a la hora de la siesta bajo la ventana de doña Betty porque sabíamos que la vieja estaba más sorda que una tapia y podíamos hablar sin que nadie nos escuche. Y nos preguntábamos “¿por dónde le mete el coso el hombre a la mujer?” La hipótesis más aclamada era por la cola pero no estábamos seguras porque no entendíamos como llegaba el bebé al útero. “¡No! Ese agujero no llega al útero” razonábamos mientras seguíamos el dibujo con el dedo índice. Teníamos la información por separado y en ningún lado indicaba el cómo y la lógica indicaba que por la vagina no entraba. “yo me miré en el espejo y ese agujero es muy chico” confirmó Vero que era la más osada porque era un año más grande y ninguna se animaba a preguntarle a sus padre por miedo a que nos reten, sabíamos que estaba mal pensar y querer saber de esas cosas porque esas cosas no se deben saber de esas cosas no se debe hablar y menos con los varones y los libros pasaban de explicar los aparatos reproductores a la foto del bebé ya concebido y la pregunta del millón era ¿Y cómo llegó ahí? No sabía nada y menos aún que Vero estaba equivocada.
No sabía cosas simples y mucho menos podía saber de política ni de derechos, eso no se enseñaba en las escuelas en esos días, a gatas nos leían el preámbulo de la constitución pero no lo explicaban, eso sí, lo debíamos saber de memoria con todas esas palabras difíciles que no entendía, como afianzar la justicia, consolidar la paz interior y varios más que parecían slogans de televisión para las elecciones, era muy complicado para mí entender que querían decir y por eso cuando escuche la simplicidad de que con la democracia se come se cura y se educa, yo quería que gane Alfonsín.
Puedo decir que fue el año de mayor certeza de que no sabía nada, pero era un no saber dinámico, que se modificaba a cada momento porque había cosas que despertaban mi atención. Un día, al regresar del colegio, le pregunté a mi mamá que quería decir “estas para el crimen”, porque un hombre cobrizo de pelo nevado con camisa sin mangas que colgaba de un andamio me lo dijo al pasar. Seguí sin saberlo, porque ella tampoco me lo explicó. “Pavadas, solo pavadas” me respondió renegando por lo bajo. Pero ¿De qué crimen me hablaba ese señor? ¿Me querrá matar? ¿Qué le hice para que me diga eso? Debe significar otra cosa, por las dudas no volví a pasar por ahí.  A los trece no sabía que las tetas eran llamadores de miradas y en la mayoría de los casos seguidas por una grosería, que era normal la guarangada y que la culpa la tenía yo porque tenía tetas y no era plana como mi hermana que no usaba corpiño y se ponía lo que quería y no las tenía que esconder como yo. Yo no sabía que ser mujer era así de difícil y a veces desagradable como esa vez en que un señor en el colectivo me rozo la pierna con la mano sin querer y se quedó mirándome y olía a vino como cuando a veces mi papá llegaba a casa todo colorado y se metía en la pieza y no salía hasta el otro día y me corrí asqueada porque el señor era grande de pelo blanco y nariz brillante y no me gustaba como me miraba y cuando llegué a casa y le conté a mi mamá me dijo “tendrías que haberle avisado al chofer” pero yo no sabía que decir ni que hacer porque a los trece yo no sabía ni las cosas más obvias, no tenía ni idea, no sabía cómo expresar que tenía miedo cuando me miraban de esa forma porque si yo tenía tetas seguro la culpa era mía.