domingo, 18 de septiembre de 2016

Tama y ella

Algo cambió. Antes no había nada, bueno, no había nada construido. Era monte, a veces había un burro, otras alguna mula y el lugar estaba lleno de enebros, cañaverales y tunas tan grandes que sus hojas parecían montones de orejas de elefantes africanos unidas entre sí y al pararte delante te intimidaban. Su belleza se daba cuando florecían, para diciembre, enormes hojas  verdes coronadas de flores rojas y amarillas del tamaño de un puño.

Por debajo del lugar pasa el cauce de una vertiente. Hace añares la gente del pueblo hizo un pozo que usan para sacar agua para consumo. Por eso, siempre fue un lugar muy concurrido, si entendemos por muy concurrido que cada una o dos hora una persona llega con dos baldes para llenarlos e irse. Eso no ha cambiado, aún los pueblerinos sacan agua de ese pozo y hasta la piedra que lo protege e impide que se caiga un chico o un animal sigue siendo la misma, solo que quizás un poco redondeada en las puntas como consecuencia de la erosión ocasionada por el viento y el sol y cada tanto –solo en abril y octubre- la lluvia.


Ir a buscar agua siempre fue una aventura. A veces, dentro del balde también subía algún sapito de ojos amarillos, ni hablar cuando había que batirse a duelo por el territorio con algún halconcito gris, o ir despacito para no asustar a los zorros colorados que eran atraídos en épocas de sequía –la mayor parte del año- por el olor del agua, por suerte los pumas no llegaban hasta allí o por lo menos, nunca nadie mencionó ver alguno. Las huellas que dejan las víboras hacían que vayas mirando el piso, e instintivamente busques y tomes un palo para usar de bastón y para espantarlas si andan cerca, no vaya a ser que pises una sin querer y te muerda, siempre fueron huidizas pero mejor prevenir que curar si es que te dan tiempo.

El hospitalito – que de niño te podía parecer un complejo tecnológico de avanzada – es lo que uno puede asimilar a una salita de primeros auxilios o más precaria aún; nunca se caracterizó por la buena atención, ni por salvar muchas vidas –en aquellos lugares fuera de los partos cada vez más seguidos, lo más común es la picadura de la viudita o alguna cascabel y es difícil que se llegue a tiempo para salvarse- por eso la gente siempre se cuidó y fue al pozo de día, con la luz, porque cuando la luna sale, salen las bestias dicen las leyendas. Y si de leyendas se trata, hay muchas pero parece que en esos pueblos hacen pacto de silencio ante esas cosas, porque no quieren hablar porque no quieren ver porque no quieren saber y dejan que todo pase como pasan los días.

Todas las tardes, ella sale de su casa con sus más de ochenta años, ropa gastada y la vivacidad de una quinceañera empuñando una escoba cuya imagen es propia de los cuentos de hadas y brujas, de esas escobas fabricadas de ramas oscura y resistente, -no son chatas ni amarillas como las que compramos en el almacén-, sino que está hecha de ramitas de un enebro que crece al rayo del sol en toda la zona. La acompaña Carolo, un perrito que parece oveja, petizo y regordete, que no llega a ser caniche pero eso no le importa porque la lealtad no se mide por títulos y papeles.

Camina ligerito hasta donde antes estaba el monte, donde algo ha cambiado. Son solo unos cincuenta o quizás menos metros desde su casa. Un rancho de adobe y techo de paja - fresco en pleno verano y cálido en el crudo invierno-, ese lugar donde creció, donde dejó a su madre para ir a trabajar a la capital. Es sabido que en esos pueblitos perdidos en medio de una quebrada del Cuyo Argentino, difícil es para una mujer conseguir trabajo, solo le queda conseguir marido y ella nunca fue una de esas. La capital le dio trabajo y también una enfermedad en los huesos que la tuvo postrada algunos años, no le dio familia y en ese tiempo de reposo forzado la llamó su madre enferma y se dio cuenta que era momento de regresar. Llegó para cuidarla, hace unos 30 años, llegó desde Buenos Aires con ropa de moda, mil cremas para el rostro e infinidad de tratamientos para el cabello, llegó para quedarse.

Podría decirse que en este tiempo el pueblo va creciendo de a poco, a un paso lento muy lento. De a ratos parece que se queda paralizado en el tiempo, como cuando ves esa construcción –año tras año- que siempre está a punto de terminarse, la plaza con sus árboles eternos si hasta pareciera que son los mismos pájaros los que cantan, la soledad de las calles, el polvo, las piedras, la ausencia de perros que se ocultan del sol, el viento caliente en el rostro.

Luego comenzás a ver los detalles, las casas pintadas de distintos colores, alguna casa nueva, el barrio que hizo el gobierno para las jóvenes madres solteras; con asombro ves que el almacén de ramos generales cerró sus puertas y ahora está abandonado, lo sabes por los cristales rotos y hasta te da pena, porque allí quizás de chiquilín compraste un chupetín y te sentaste en los escalones a saborearlo mirando la plaza.

Notas que los cordones ahora son blancos, que ahora la iglesia está pintada de blanco y rosa una elección muy distinta y delicada del antiguo amarillo descascarado de hace unos años; pero los baldíos y terrenos siguen casi todos con los mismos escombros y ruinas que dejó el terremoto del 74 –el de San Juan-; otros que dados los ríos que pasan por debajo, no pueden ser usados para construcciones y juntan plantas bichos piedras y tierra roja; y los que la gente deja al morir y cuyos hijos se fueron para no volver.  Aunque hay uno, de unos 50 x 50 que ha cambiado. No lo compro nadie, no se hizo una casa sobre él.

Ahora es una plazoleta - al borde noroeste del pueblo justo donde termina el llano antes que el terreno rojo comience a elevarse, como yendo para la quebrada de los cóndores- en homenaje a la virgen del Valle. Es un pueblo muy creyente. De esos que cuando llegas y no encontrás a nadie, debes ir a la iglesia y allí están todos y al sonar de las campanas entran o salen cual rebaño de ovejas. Todos en hilera, saludando al cura, que ahora es joven y ves que el anterior que era gruñón y no permitía que la niñas usen soleros en la iglesia ya no está más –pensás que habrá muerto de viejo y no te importa porque nunca te cayó bien- y hasta te dan ganas de entrar para ver qué más pudo haber cambiado.

Ella también es muy devota y por eso cuenta que el municipio, ante su insistencia, - es de esas mujeres que saben insistir cuando quieren algo-  hizo la vereda y unos senderos, unos bancos y un nicho para la “virgencita”. No mucho más en razón de la vertiente que corre debajo. Pero con las veredas de laja rosada y las plantitas que ella sembró –semillas que trajo de Buenos Aires cuando volvió.- y que desde hace casi 25 años su floración es inevitable y hasta esperada, el lugar dejó de ser un monte repleto de arañas sapos y víboras para convertirse en “su” plaza, la plaza del barrio donde no ponen juegos porque tienen miedo de que se hundan con chicos y todo, pero donde los bancos sirven de atracción a los enamorados.

Todas las tardes, flaca, arrugada, quemada por el sol, con sus años a cuesta que tan bien los lleva, sale de su casa empuñando la escoba y barre la plaza, la riega a balde porque no hay motor para sacar agua del pozo, solo sobrevive la vieja polea que tiene la cuerda para bajar los baldes; saca las malas hierbas, acomoda las plantas. La cuida. Su salida vespertina no es común, difícilmente veamos a alguien haciendo lo mismo voluntariamente en algún otro lugar. Si le preguntás ¿Por qué? Ella responde con la naturalidad de un niño “Porque es nuestra”.

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